martes, 2 de octubre de 2007

En la ciudad de Sylvia

El precio cuando se ha hecho una película magistral, es que, o todo lo que haces es una genialidad, o te conviertes en un talento perdido.
Jose Luis Guerín irrumpió en el panorama cinematográfico, hace 6 años, con un documental "En construcción", de los que arrasan en los festivales y entre el público. No un público masivo, seamos honestos, pero sí un público exigente y selectivo. El documental se ubica en el barrio del Raval, en Barcelona, un barrio "en construcción". Quién podía imaginar que hasta con ladrillos se puede hacer poesía. Pero Guerín, se convierte en el ojo observador que cataliza con la cámara no sólo los rincones que se van transformando por la actuación de las excavadoras, sino las vidas de los vecinos que allí habitan. No estamos hablando de la zona turística de Barcelona, sino de un barrio popular. Y sus protagonistas, están al márgen del futuro, de la "modernidad". Se trata de una pareja joven, un albañil, un marroquí, o de un hombre sin hogar que deambula por las calles, hablando con más lucidez que un miembro de la ONU.



Ahora, 6 años después, Guerín regresa con una esperadísima película, esta vez de ficción, que se llama "En la ciudad de Sylvia". La ciudad en cuestión, es Estrasburgo, y Guerín, como hiciera Carol Reed con Viena en "El Tercer Hombre", sabe sacar todo el esplendor y belleza a una ciudad con tranvía, en cuyas calles deambulan miles de estudiantes.

El protagonista, una especie de hombre dieciochesco, romántico hasta en la forma de vestir, nos descubre a través de su mirada, la belleza de las mujeres y de cada rincón de la ciudad. No voy a descubrir el sencillo y simple argumento de la película. Porque, para ser sinceros, tampoco tiene interés. Y ese es el mayor pecado de la película. La impecabilidad de su estética, y la dirección escénica y actoral, queda hueca por la simplicidad del contenido. Y cualquier comparación con el premiado documental, lo perjudica.
Hay que reconocer que pocos directores hubieran tenido la preparación, la pericia y la osadía de Guerín para mantener una película con silencios de quince minutos. Si el autor hubiera sido un desconocido, la película hubiera tenido cierta altura y hubiera sido recibida como una nueva promesa. Pero Guerín llevaba a cuestas todas nuestras expectativas. Demasiada carga quizás. Esperemos que Guerín siga en construcción, evolucione y muestre la complejidad y la densidad de su reconocido documental. Sea un genio o no, el talento lo tiene.

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