Los cuentos de Chejov
Pasados veinte minutos de espera, me fui sola caminando por el Barrio de las Letras de Madrid, por una de esas callejuelas que parecen un tobogán, con Lavapiés bajo el horizonte. La entrada tenía una puerta baja, y un recibidor en forma de L., antiguo, lleno de carteles de representaciones de Chejov, Lope de Rueda, Cervantes, Shakespeare, Moliere y muchos otros autores clásicos.
Un hombre mayor, canoso, de mirada sabia que se pierde en sus cavilaciones, se confundía entre los asistentes que esperaban a la entrada. Alguien cuchicheó que era Ángel Gutiérrez, el director.
Nos dejaron entrar en la sala cuadrada y alta y nos sentamos desordenadamente frente al escenario, a su mismo nivel. Yo guardé un asiento para Arlequín, que como siempre llegaba tarde. Observé el escenario. Estaba decorado aquí y allá con pequeños detalles que en conjunto configuraban un jardín, el pórtico de una casa y la buhardilla. Si estiraba mis piernas, casi, casi podía tocar la mesa del jardín. Eché un vistazo a la puerta de entrada antes de apagar mi móvil, justo cuando se apagaron las luces y nos dejaron en completa oscuridad.
Del silencio emergió la música de un violín y de entre las sombras, se apareció la figura de Monsieur N., erguido en un rincón y vestido con chaqueta y pantalón oscuros. Al fondo, una joven muy bella, le observaba con mirada soñadora. Una sombra que me resultó familiar pasó cerca de Monsieur N., se detuvo unos instantes y siguió su camino. Agudicé la vista pero la sombra familiar se me perdió entre los espectadores. De pronto un grito agudo de mujer me sobresaltó. Me temí lo peor. En efecto, una luz enfocó sobre los espectadores y pude reconocer a Arlequín que se levantaba del regazo de una espectadora, donde por equivocación se había sentado. Me descubrió entre la gente y se acercó a grandes pasos hasta sentarse a mi lado. Todo el mundo nos miraba con desprecio. Arlequín se inclinó hacia mí y para mi estupor, me preguntó con curiosidad, "¿Qué ha pasado?"
1 comentario:
Muy bueno, tiene un lado surrealista y absurdo excelente, ¡me gusta, te lo digo sinceramente!
Besos,
Maya
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